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Qué estamos haciendo

“En la mente del principiante hay muchas posibilidades, pero en la del experto hay pocas.”

Es una sentencia extraída del libro Mente Zen, Mente de Principiante de Shunryu Suzuki. Un guiño a mantener nuestro espíritu siempre fresco, limpio, inquisitivo, como la mirada de un niño. A cuestionarnos nuestra relación con los demás, con la práctica, con nuestros hábitos y no caer en el dogmatismo. Como comentábamos alguna vez, las respuestas están sobrevaloradas: Lo verdaderamente importante son las preguntas.

Y ahora que empieza a rodar un nuevo año, no está de más recordar de dónde venimos aquellos que gustamos de la práctica del Zen. Volver a poner nuestra mirada en el punto cero de las raíces de nuestra tradición. Aquí os traigo un pequeño texto de Anzan Roshi que habla de esto.

Buena práctica.

Así que aquí estamos, sentados en zazen, espalda erguida, orejas en el mismo plano que los hombros, nariz sobre el ombligo, ojos abiertos frente a una pared blanca. La pared en blanco de la sala de práctica de Zazen-ji, un templo budista Zen Soto. Apuesto a que nunca pensasteis que ibais a encontraros haciendo esto. Pero para poder realmente hacer esto, podría ser útil saber qué es lo que se está haciendo ¿no? Bueno, estáis practicando Zen. Pero, ¿qué significa eso realmente?

Zen es una transmisión de 2600 años de antigüedad que comenzó con una persona mirando a su alrededor y preguntándose qué es lo que estaba pasando. Esta persona descubrió que había muchos lugares en donde poder ocultarse, incluyendo un palacio que se había construido para él. Encontró que había toda clase de comodidades que disfrutar.

Encontró que podría perder momentáneamente su sentido de sí mismo en una multitud de cosas: Sexo, bebida, debate académico, deportes, la guerra, criar los hijos, y dar largos paseos en bosques maravillosamente sombreados. Aunque descubrió que podía hacer todas estas cosas, todavía no sabía quién era quien las estaba haciendo.

Además, se encontró con que en medio de todos sus pequeños escondites, siempre había algo que sobresalía y que, sin importar lo mucho que pudiera perderse en ellos, siempre quedaba el reconocimiento de una cierta insatisfacción que nunca le permitiría realmente alejarse de sí mismo. Se encontró también con que había nacimiento, vejez, enfermedad y muerte, y que la mayoría de las cosas en las que estaba enredado, y que todo el mundo anda enredado, eran actividades que no sólo no ocurren dentro de este nacimiento, vejez, enfermedad y muerte, sino que eran formas de esconderse de estos cuatro acontecimientos… estos cuatro hechos que acompañan a todo ser vivo.

En nuestra propia vida, ahora mismo, podemos observar que la mayoría de las cosas que hacemos, la mayoría de nuestras actitudes, nos han sido dadas. Si observamos cómo estamos cuando representamos esas actitudes, como acción que sigue a otra acción, nos encontraremos con que parece haber un engaño de base. Nos encontramos engañándonos a nosotros mismos. Nos encontramos pensando y actuando como si hubiera algo fundamentalmente equivocado en nosotros, como si hubiera algo que debiera ser llenado, que pudiera cubrirse, tal vez con otra persona, tal vez con algo de vestir, algo con que restregar nuestra cara, algo que poner en la boca, algo que tener en nuestras mentes, algo que retener entre los muslos.

Nos encontramos con que todo lo que hacemos parece estar a punto de atrapar a algo, sin embargo, si somos honestos, también comenzamos a ver que cada vez que tratamos de retener algo, éste algo cambia, se va. Nos encontramos con que estamos continuamente representando patrones de conducta que hemos aprendido, de manera que todo lo que hacemos es viejo, cansado y rutinario. Sin embargo, también tenemos un sentido de posibilidad.

De vez en cuando, con tan sólo mirar a los ojos de alguien, reconocemos algo, nos damos cuenta de algo, algo que no podemos poner en palabras. Sentimos lo mismo al mirar una puesta de sol, o al sentir caer la lluvia entre nuestros cabellos y descender por las mejillas. A veces sentimos algo, un sentido de posibilidad, pero no sabemos qué es. Creemos que es algo aparte de nosotros, algo que debemos tener de alguna manera, porque ese sentido de posibilidad nos trae, tal vez momentáneamente, una sensación de completitud/integridad, una ausencia de lucha. Vemos que la mayor parte de nuestra actividad se basa en la lucha, en tratar de mantener un territorio, ampliar nuestro territorio, o defenderlo, y nos encontramos amurallados y el resto del mundo excluido. Sin embargo, hay ese atisbo de posibilidad que agita el potencial que tradicionalmente llamamos Tathagatagarbha o Naturaleza búdica. Creo que esto es lo que sintió el hombre que se convertiría en Buda Sakyamuni.

Y así, el Buda Sakyamuni dejó todo lo que le había sido dado, todo lo que no era suyo. Dejó el reino que le fue dado por su padre. Dejó incluso el amor que le había sido dado por su esposa e hijo. Sentía que tenía que dejar todo para poder ver con claridad porque quería encontrar una respuesta a esta sensación de dilema, esta sensación de problema, esta sensación de carencia y pobreza, esta sensación de sufrimiento, o dukkha, que todos y cada uno de los seres humanos siente.

Entró en el bosque y cortó sus cabellos, regaló su caballo, cambió sus ropas principescas por harapos y se fue a buscar una manera de poner fin a este sufrimiento, encontrar una manera de saber quién y qué era. Se dedicó a todo tipo de prácticas que suponían la explotación y manipulación yóguica de todos los ámbitos de la experiencia humana, desde los estados de intensa concentración, a estados de intensa hambruna y estados de intenso esfuerzo y agotamiento. Al tiempo que descubrió que muchos de estos estados podían producir un cambio en cómo se sentía, al final, todo lo que podían hacer era producir otra serie de estados diferentes. Encontró que no aportaban luz a esta fundamental cuestión de la existencia. No había libertad del ciclo de nacimiento y muerte, o el ciclo del continuo ir y venir que es la naturaleza misma de nuestra experiencia.

Por último, acabó abandonando todas estas prácticas, al igual que había abandonado previamente sus títulos y su reino, se sentó con las piernas cruzadas debajo de las ramas del árbol pipal, y simplemente asistió a lo que estaba experimentando en ese mismo momento. Se sentó de esta forma durante toda la noche, y debido a la profundidad de su esfuerzo, o tal vez la profundidad de su ambición, de su aspiración, vio con claridad. Vio claramente el fin del círculo de nacimiento y muerte. Vio con claridad su propia naturaleza y la naturaleza de todos los seres, y puso de manifiesto la potencialidad de esa naturaleza en la práctica, y despertó a ella como quien realmente era. Es esa práctica, esa experiencia y esa conciencia lo que ha sido transmitido directamente de maestro a discípulo, a través de la vida de hombres y mujeres durante estos 2600 años. Y por eso ahora, en este momento, nosotros nos sentamos.

Aunque no podríais haberos imaginado que terminaríais haciendo esto, espero, de corazón, que se encuentren a sí mismos haciendo esto. Espero que encuentren este momento de experimentar esta respiración, oír este sonido, estas sensaciones, recorriéndoles hasta la médula como cuerpo-mente. Pero procura que no te encuentre meditando, por favor, porque esto no es meditación. Esto es la práctica del Zen.

Meditación es un término que en la actualidad cuenta con todo tipo de implicaciones románticas y populares. Por lo general, significa tratar de calmarse o tratar de alcanzar alguna conciencia “superior” (como si la mente tuviera niveles o barreras inherentes a ella fuera de nuestras propias descripciones de la misma). Y esto implica exactamente la misma actitud y actividad que tenemos con el resto de cosas que hacemos: Todo son gustos, disgustos o indiferencia. Un asunto central que tenemos que entender cuando comenzamos nuestra práctica es que nos vamos a acercar a la misma con, básicamente, el mismo estilo con que nos hemos acercado a todas las otras cosas en nuestra vida. Tenemos que ver esto con claridad o de lo contrario sólo estaremos participando en una parodia de práctica, un ejercicio auto-consciente en el que tratamos de deshacernos o escondernos de las cosas que no nos gustan de nosotros mismos, e intentamos pretender que nosotros mismos somos espirituales, o buenos, o lo que sea.

En su lugar, tenemos que permitirnos ver con claridad, ver las raíces de nuestras actividades e intenciones. En lugar de tratar de hacer que nuestra práctica llene alguna imagen que tengamos de nosotros mismos, tenemos que ver cómo estamos. Sólo a través de esto podemos empezar a comprender íntimamente lo que somos.

A cada momento de práctica, tenemos que empezar nuestra práctica de nuevo, porque nuestra práctica es simplemente ver este momento, penetrar en este momento, descubrir qué es lo que está experimentando este momento, penetrar en la naturaleza de este momento, la naturaleza de nosotros mismos, la naturaleza de cada uno, la naturaleza del mundo mismo. Nuestra práctica debe comenzar de nuevo en cada momento. Es muy importante que nos entendamos a nosotros mismos a medida que practicamos, para que podamos practicar la comprensión íntima de nosotros mismos.

Deseo, aversión e indiferencia se les llama también, pasión, agresión e ignorancia. En sánscrito, se les conoce como los Tres Kleshas, o los tres venenos, porque es lo que utilizamos para envenenar nuestro mundo. De alguna manera, tenemos miedo de nuestro mundo. Nos parece demasiado grande. La gente, las cosas, no acaban de hacer lo que queremos. Al mundo no parece que le preocupemos demasiado. Y como nos encontramos con que no tenemos control sobre nuestro mundo, intentamos, por lo menos, mantenerlo drogado, pararlo un poco, ponerle grilletes. Y lo hacemos alimentando nuestra experiencia con un constante flujo de veneno. Este veneno es el yo, la auto-imagen, o mente ordinaria.

Los tipos de actividad de la mente ordinaria son: la pasión, la agresión, y la estupidez.

Si pensamos que algo puede agrandarnos, enriquecernos, hacernos mejor, entonces lo agarramos y tiramos de él hacia nosotros, tanto si se trata de una persona, un coche, una casa, o el aspecto que creemos podríamos tener si ponemos suficiente color en nuestras mejillas y párpados, como si envolvemos el cuerpo en suficiente cuero o plástico, seda o algodón. Pensamos que luego estaremos bien. Creemos que todo estará bien, tan sólo con hacer esto o tener aquello o sentirnos de esa manera. Si al menos podemos entender las cosas, entonces todo irá bien.

Luego están esas cosas que nos amenazan. Las cosas que nos hacen infelices. Las cosas que nos presionan. Y que por tanto  dejamos atrás. Además, están todas esas otras cosas de las que simplemente parece que no podemos sacar nada de ellas, y que parecen no querer nada de nosotros y, por tanto, las dejamos estar. Cosas como las manos y los pies, cosas como la pared que tenemos delante. Cosas como un extraño en la calle. Cosas como el noventa y nueve por ciento de lo que estáis experimentando.

Yo llamo a esto auto-imagen, ya que, dentro de vuestra experiencia, siempre estáis tratando de reflejaros de nuevo a vosotros mismos para encontrar cómo debéis ser. O lo llamo mente ordinaria, porque las actividades de los tres kleshas, de los tres venenos, nos ayudarán a nublar las cosas de modo que no reconozcamos la frescura y amplitud de nuestra experiencia, de modo que no tengamos que dejar ir todos nuestros apegos, de modo que no tengamos que darnos cuenta de que estamos completamente expuestos en todas las direcciones. Los tres venenos adormecen y nublan las cosas lo bastante como para que todo parezca básicamente lo mismo. Nada destaca, nada nos sorprende. Si somos honestos, debemos empezar a mirar en nuestra experiencia, nuestra actividad, en nuestro comportamiento, en nuestros pensamientos y sentimientos. Vamos a empezar a advertir la forma en que siempre interpretamos nuestro mundo, interpretamos nuestra vida. Empujar, tirar o simplemente pasar por alto. Incluso nuestro reconocimiento de esta situación existencial varía de acuerdo a los tres kleshas. A veces vemos muy claramente la mezquindad de la auto-imagen y queremos deshacernos de la misma. A veces simplemente la interpretamos toda y nos agarramos a ella. A veces pretendemos que todo es correcto, todo está bien, todo es estupendo… Pero aún entonces sabemos, en lo profundo de nuestros corazones, que nos estamos engañando a nosotros mismos.

Cuando nos acercamos a esta práctica, lo hacemos sobre la base de cómo hemos vivido el resto de nuestras vidas. Pensamos que podemos obtener algo de la práctica, que podemos llegar a ser algo. Creemos que podemos alejar nuestra confusión y que podemos traer algún tipo de claridad hacia nosotros. Cuando no se parece a ninguna de esas cosas lo que está sucediendo, lo ignoramos. Pero la práctica del Zen está completamente fuera de los tres kleshas.

A través de la práctica del Zen, podemos observar la actividad de los tres kleshas, y a través de esta observación, a través de esta visión clara, trascender estos patrones de atención, estos patrones de actividad. Esto es así porque Zen no es meditación, no es otro intento de cultivar un estado en particular. No se basa en tratar de sentirse mejor. Se basa en encarar cómo somos, sin juicios, sin prejuicios. Y a través de afrontar cómo somos, comprender íntimamente quién somos.

Por favor, disfrutad de vosotros mismos.

Anzan Hoshin

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  1. 7 enero 2011 en 13:11

    Vísperas de reanudar la práctica en el dojo. ¡Joder qué ganas tenía!

  2. juan miralles
    10 enero 2011 en 16:54

    A todos los que de la sangha son, a los que vemos con frecuencia, a los que solo de vez en cuando, a aquellos otros a los que, a lo peor se les ha olvidado el camino del dojo, MUY FELIZ AÑO Y MAS FELIZ PRACTICA y mucho ánimo para que juntos sigamos practicando por mucho tiempo.
    Para aquellos otros que nos leen, pero que no nos conocen, también les animamos a que vengan y respiren con nosotros.
    Muchos y muy fuertes abrazos.

    Juan

  3. juan miralles
    11 enero 2011 en 11:34

    Creo que esta enseñanza del Maestro Anzan Hoshin, nos sitúa muy bien en cual debe ser nuestra actitud en la práctica. Efectivamente, nada de tranquilidad, nada de “pastillas para la ansiedad”, sólo el mejor, siempre el nuestro, espíritu de observación.
    Me parece que, sería bueno aplicarse la lectura de esta enseñanza, con una cierta frecuencia y evitarnos peligrosas complacencias y coagulaciones.
    Como siempre os deseo lo mejor en la práctica.

  4. Ikkyu
    12 enero 2011 en 14:23

    Estoy contigo, Juan. Una vez hablando con una Maestra de Son (de zen coreano, no de son cubano) comentaba este mismo aspecto. Bromeaba acerca del concepto chicken zen (estar sentados pasando el rato, como una gallina) que tienen algunos practicantes sobre shikantaza. Anzan Hoshin, por lo leído, hace mucho hincapié en denunciar este hecho, alentándonos a clarificar nuestro espíritu -observar la actividad de los tres kleshas- tanto en la práctica formal como en la vida cotidiana.

    Un abrazo

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