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Koun Ejo, primer shuso del templo Koshoji

En el último año de Katei (1236), en la noche del último día del décimo mes, el Maestro Dogen me nombró a mí (Ejo), shuso del templo Koshoji. Durante la reunión chosan, una vez terminada su alocución, Dogen me pidió que como shuso cogiera el báculo y que diera por primera vez un sermón sobre el Dharma. Así fue co­mo me convertí en el primer shuso del templo Koshoji.

En su alocución, el Maestro Dogen nos habló de la Transmisión del Dharma tal y como es perpetuada en nuestro linaje:

«El Primer Patriarca llegó del Oeste y se instaló en el templo Shorin (Shaolin). Allí esperó a alguien a quien poder transmirirle el Dhar­ma. Mientras llegaba la hora de transmitir el Dharma por todo el país, estuvo sentado en zazen de cara al muro. Un cierto día de diciembre apareció por allí Shinko (Shenyuang) con la firme voluntad de practi­car con él. El Primer Patriarca se dio cuenta enseguida de que se tra­taba de un buen recipiente para el Vehículo Supremo y le aceptó, le enseñó y le guió. El Dharma y el Kesa fueron transmitidos. Sus descendientes los propagaron por todo el país y de esta manera el verda­dero Dharma ha prevalecido hasta ahora.

Hoy, por primera vez en este monasterio, he nombrado un shuso.

Le he pedido que coja el báculo y que dé un sermón sobre el Dharma. No os preocupéis si los miembros de nuestra sangha son pocos. No importa que casi todos seáis principiantes. En Funyo sólo había seis o siete personas. En Yakusan había menos de diez. Sin embar­go, todos ellos practicaron la Vía de los Budas y Patriarcas. Para ellos, ese era el verdadero florecimiento del Dharma.

Reflexionad sobre lo siguiente: Alguien alcanzó el Despertar con­templando un bambú, otro al ver florecer un melocotonero. ¿Có­mo es posible que, a pesar de que los bambús son siempre los mis­mos, unos hombres posean mentes claras y otros mentes obtusas? ¿Por qué, si las flores son siempre las flores, unos hombres se iluminan al verlas y otros siguen siendo igual de estúpidos? Las flores se abren ca­da año, pero no todos los hombres obtienen el Despertar. Los bambús hacen ruido a menudo, pero no todos los hombres que los oyen alcan­zan la visión iluminada. La mente se abre al Despertar no por el he­cho en sí de oír un bambú romperse o una flor florecer, sino debido al estudio y a la práctica del Dharma continuados diligentemente du­rante años. El sonido de un bambú al romperse es algo maravilloso, pero no existe por sí mismo. Necesita el contacto con una piedra. El color de la flor del melocotonero es muy bello, pero no surge por sí mismo. Necesita la ayuda de la brisa primaveral.

Con la práctica de la Vía sucede lo mismo. La Vía es algo que existe ya en lo mas profundo de nosotros mismos, pero sólo podemos reali­zarla con la ayuda de nuestro maestro y de nuestros compañeros en el Dharma.

Todos nosotros, por muy brillantes que seamos, necesitamos a los demás miembros de la sangha para poder practicar la Vía. Así pues, armonizad vuestras mentes, concentraos en realizar vuestra aspira­ción, buscad y practicad la Vía juntos. Después de pulido es cuando el diamante alcanza su verdadero valor. Los hombres se vuelven bon­dadosos y compasivos cuando practican la bondad y la compasión. Todo diamante en estado bruto contiene ya en su interior el maravi­lloso brillo que lo caracteriza. Todos los hombres tienen en su interior cualidades magníficas, pero es necesario pulir al primero y es necesa­rio que el segundo practique el Dharma para que sus auténticas carac­terísticas aparezcan. No debéis por lo tanto relajar vuestra práctica de la Vía.

Un sabio antiguo dijo: “No paséis vuestro tiempo en vano.” Aho­ra yo os pregunto: “¿Se detiene el tiempo cuando os lamentáis de que pasa demasiado rápido? O ¿podéis detenerlo vosotros con vuestra vo­luntad?” Debéis saber que el tiempo no pasa en vano, sino que son los hombres los que lo pierden en vano.

Por lo tanto, unid vuestras mentes en el estudio y en la práctica.

Yo solo no puedo sostener el Dharma, por eso le pedí al nuevo shuso que me ayudara. Los antiguos Budas y Patriarcas practicaron de ma­nera similar a la nuestra. Muchos alcanzaron el Despertar a través del Tathagata, pero otros accedieron a él a través de Ananda. No de­béis despreciaros a vosotros mismos diciendo que no sois recipientes adecuados para el Dharma.

Ahora, querido shuso, da a tus jóvenes practicantes una conferen­cia sobre la historia de “las tres libras de sésamo” de Tozan.»

El Maestro Dogen descendió de su asiento, el tambor fue golpea­do y yo, el shuso, tomé el báculo. Esta fue la “primera toma del bácu­lo” en el templo Koshoji. Yo (Ejo) tenía entonces treinta y nueve años de edad.

Shobogenzo Zuimonki

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