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Mugai Nyodai

[Fuente: The daily Zen Journal]

mugai

Mugai Nyodai (1223 – 1298), conocida también como Chiyono, fue una de las primeras mujeres japonesas en recibir la transmisión en el Zen. Mientras que ella es bien conocida por haber fundado varios monasterios zen de mujeres, es relativamente desconocida para nosotros en occidente que estamos más familiarizados con los Patriarcas del Zen como Hui-neng o Bodhidharma.[…]

Aunque no siempre se puede recordar que tal enseñanza es de tal sutra, o se es capaz de explicar los puntos sutiles de ciertas doctrinas, la esencia de muchas de estas historias parece siempre ser absorbida fácilmente. […] Y para muchos de nosotros, una frase de una historia en particular representa más orientación que muchas largas explicaciones. Estas son las cosas que nos ayudan en la aplicación práctica de los principios del budismo y el zen.

Si leemos incluso historias seculares como los cuentos de hadas, a menudo hay incrustados dentro de ellos tópicos que señalan el camino. Cuando buscamos una vida con significado, los signos pueden aparecer en cualquier lugar y cualquiera puede escucharlos. Posiblemente escuchar historias nos devuelve a la sencilla mente de los niños, toda curiosidad y entusiasmo por la aventura que tienen por delante.

Os dejo con la historia. ¡Buena práctica!

En el pueblo de Hiromi en el distrito de Mugi había tres monjas que construyeron un templo Zen y se dedicaron a practicar el camino budista. Junto con otras monjas que vinieron de todas partes y, en algunas ocasiones, con numerosos discípulos laicos, se reunían para la meditación Zen y la práctica comunitaria.

En esos días, había una sirviente de unos veinticuatro o veinticinco años de edad que había sido empleada del templo durante muchos años. Su nombre era Chiyono. Se dice que era hija de una familia de alto rango. Cuando se desarrolló en ella la aspiración de alcanzar la iluminación, se marchó de casa de sus padres y acudió a este templo, incorporándose como sirviente, cortando leña y acarreando agua.

Chiyono observaba a las monjas prácticando la meditación zen. Sin darse cuenta, tenía sus palabras y enseñanzas en alta estima. Solía espiar a las monjas a través de los huecos de las cortinas que colgaban en la puerta, para luego volver a su habitación e imitarles sentándose cara a la pared, pero sin ningún resultado.

Un día, Chiyono se acercó una joven monja. “Por favor, dime los principios esenciales de la práctica de zazen”, suplicó.

La monja le respondió diciendo: “Tu práctica es simplemente servir a las monjas de este templo tan bien como sea posible, sin pensar en el sufrimiento físico o pronunciar una palabra de queja. Este es tu zazen”.

Chiyono pensó para sí: “¡Esto es lamentable! Debo hacer mi camino en este mundo como una humilde persona de baja categoría que vive en el dolor y el sufrimiento. Si sigo así, voy a sufrir en la próxima vida también. El tiempo pasa, pero ¿cuándo habrá una oportunidad para mí de lograr la salvación? ¿Qué malvado pasado ha dado lugar a estas consecuencias kármicas?” Su aflicción era interminable.

Por la noche, oculta por la luna menguante, se aventuró a ir cerca de la sala de meditación y miró dentro. Allí observó a los aspirantes a la iluminación sentados en meditación, monjas, laicos y laicas, tanto viejos como jóvenes. Dejando a un lado por completo lo que concierne al trabajo, estaban inmersos en su práctica de zazen. Fue realmente una visión impactante.

“Incluso chicas demasiado jóvenes como para saber la diferencia entre el bien y el mal están ahí practicando los difíciles ejercicios del renunciante monástico. Su deseo de deslizarse a los confines de este mundo de engaño es muy grande. Exhortándose ellos mismos a esforzarse más, se sientan en silencio toda la noche con una sola mente sin quedarse dormidas. ¿Cómo puedo yo, que carezco de estas impresionantes cualidades, ser alguna vez como ellas?

“Laicas que se divierten noche y día y no tienen ningún conocimiento de las cosas y, sin embargo, se sientan ahí en las esteras, desechando cualquier pensamiento mundano, nunca descansan sus cabezas sobre una almohada. Sus cuerpos demacrados, sus espíritus agotados y sin embargo no prestan atención a si sus vidas están en peligro. Poseen una aspiración verdaderamente profunda.¡Con qué acierto se les llama discípulos del Buda”, pensó Chiyono para sí mientras lloraba.

Una de las monjas en el convento era una anciana que era profundamente compasiva por naturaleza. Un día, Chiyono se le acercó y le dijo: “Deseo practicar zazen pero soy de origen humilde. No sé leer ni escribir. No soy muy inteligente. Si tengo esa intención, ¿será posible lograr el camino de Buda, aunque carezca de habilidades?”

La monja anciana le respondió diciendo: “¡Esto es maravilloso, querida! De hecho, ¿qué hay que lograr? En el budismo no hay distinción entre hombre y mujer, entre laico y renunciante. Además, no hay separación entre noble y humilde, entre viejos y jóvenes. Sólo se trata de esto: Cada persona debe aferrarse a su aspiración y continuar por el camino del Bodhisattva. No hay un camino más elevado que éste.

“No hay que teorizar sobre las palabras o enseñanzas de los Budas y Maestros . Según las Escrituras, la meta es alcanzar la iluminación por ti mismo. Estas enseñanzas dicen que zazen significa buscar el Buda en su propio corazón. De acuerdo con los respetables ancestros, las enseñanzas de los sutras son como un dedo apuntando a la luna. Las palabras del patriarca son como una llave que abre una puerta. Si uno mira directamente a la luna, no hay necesidad de un dedo. Si la puerta se ha abierto, una llave resulta inútil. Un monje familiarizado con diez millones de escrituras no utiliza ni una sola palabra en zazen. Un gran aprendizaje, un vasto conocimiento son únicamente impedimentos para entrar en la puerta del dharma. Conducen a filosofar y parlotear. Si conoces tu propia mente, ¿qué enseñanzas acerca de las Escrituras necesitas? Al entrar en la Vía debemos confiar en nuestro cuerpo.

“Por otra parte, los que practican zazen deben cultivar un corazón de gran compasión con la intención de salvar a todos los seres sintientes. No buscar la iluminación sólo para sí. Ve a un lugar tranquilo, siéntate en postura y coloca una mano sobre la otra. Sin inclinarte hacia ningún lado, pon tus orejas alineadas con los hombros. Abre ligeramente los ojos y fija tu atención en la punta de tu nariz. Descansa la lengua en el cielo de la boca. Arroja tu cuerpo y tu vida. Si miras desde el interior, tu Yo no tiene mente. Olvídate también de tus relaciones con los demás. Si miras desde el exterior, no puedes encontrar la mente por ningún lado. Si pensamientos aleatorios te abordan inesperadamente, permíteles marchar. No los sigas. Esta es la técnica esencial de zazen. Cree en esto y adhiérete a ella, esperando confiadamente”. La amable monja explicó todo esto con gran detalle.

Chiyono recibió estas enseñanzas con fe e hizo una postración ante la monja para expresar su felicidad. “Cuando comencé a practicar zazen, las diversas cosas que había visto y oído en el pasado seguían viniendo a mi mente. Cuando intenté detenerlos, sólo hice aumentarlos . Esta enseñanza que acabo de escuchar me demuestra que cuando se producen pensamientos erráticos en mi mente, debería dejar que se agoten. No debería hacer un esfuerzo para tratar de detener mis pensamientos”.

“Sí “, respondió la monja. “De lo contrario, sería como usar sangre para lavar las manchas de sangre. De acuerdo con un antiguo maestro, “la iluminación súbita es la medicina que cura nuestra enfermedad eterna”.

Chiyono habló: “Si sigo con esta práctica, los resultados encomiables seguramente aparecerán por su propio peso. Sin duda, veré con claridad la naturaleza de Buda y lograré verdaderamente la budeidad en un instante”.

La monja entonó con fuerte voz: “Ahora acabas de comprender que todos los seres sintientes ya han alcanzado la budeidad. El mundo de la vida y la muerte y el mundo del nirvana son como un sueño”.

Chiyono dijo: “He oído que el Buda emite rayos de luz de un mechón de pelo blanco entre sus cejas, que ilumina las diez direcciones. Mirarlos es como mirar la palma de tu mano. ¿Puedo señalar a mi humilde persona y decir que tengo la naturaleza de Buda o me estoy engañando a mí misma?

La monja respondió: “Escucha con atención. Los maestros del pasado han dicho que los seres son completos tal como son. Cada uno es perfecto; ni siquiera la anchura de un pelo de la ceja les separa de esta perfección. Todos los seres sintientes poseen plenamente la sabiduría y las virtudes del Buda. Pero debido a que son superados por pensamientos y apegos ilusorios, no pueden manifestar esto”.

Chiyono preguntó : “¿Cuáles son estos pensamientos engañosos?”

La monja respondió: “El hecho de que te apegues a los pensamientos que produces oculta tu naturaleza esencial de Buda. Por eso se habla de pensamientos engañosos. Es como coger oro y hacer un casco o un par de zapatos con él, llamando a lo que se utiliza para cubrir la cabeza casco y zapatos a lo que pones en los de tus pies. Aunque se utilizan diferentes nombres para los productos, el oro sigue siendo oro. Lo que pones en la cabeza no lo glorificas. Las cosas que pones en los pies no son de baja condición. Si se aplica esta metáfora para el budismo, el oro simboliza Buda, es decir, la comprensión íntima de tu naturaleza esencial. Los que están equivocados acerca de su naturaleza esencial son lo que llamamos los seres sintientes. Si decimos que alguien es un Buda, su naturaleza esencial no aumenta. Si llamamos a alguien un ser sensible, su naturaleza esencial no disminuye. Buda o seres sensibles, la gente toma el punto de vista de que se trata de dos cosas diferentes debido a pensamientos engañosos. Si no caes en patrones ilusorios de pensamiento, no hay Buda ni ser sintiente. Sólo hay una naturaleza esencial, al igual que sólo hay un mundo completo, aunque nos refiramos a él como el mundo de las diez direcciones.

“El Buda dijo una vez: «Cuando uno se aleja de todas las condiciones, entonces verá el Buda». También dijo : «Tienes que arrojar el dharma». ¿Qué es este llamado dharma? Si realmente quieres conocer tu verdadera naturaleza debes orientarte hacia la fuente de los pensamientos engañosos y llegar al fondo de esto. Cuando oyes una voz, no te centres en lo que estás escuchando, sino, antes bien, vuelve a la fuente de tu propio escuchar. Si practicas de esta manera con todas las cosas sin duda clarificarás tu verdadera naturaleza”.

Chiyono luego preguntó: “¿Cuál es la mente que percibe la fuente de las cosas?”.

La monja respondió: “La pregunta que acabas de formularme es un ejemplo de tu pensamiento. Torna al estado en el que aún no ha surgido ese pensamiento. Aliéntate intensamente. No te impliques ni siquiera en un rastro de pensamiento. Esto es lo que llamamos percibir la fuente”.

Chiyono luego dijo: “¿Eso significa que hagamos lo que hagamos, mientras nos ocupamos de nuestra vida cotidiana, no deberíamos observar las cosas, sino tornar a su vez hacia la fuente de nuestras percepciones e incesantemente tratar de comprenderla?”.

La monja dijo: “Sí , esto se llama zazen”.

Chiyono dijo: “Lo que he oído me trae gran felicidad. No es posible para mí practicar la meditación sentada noche y día ya que estoy siempre acarreando leña y agua y mis obligaciones son muchas. Pero si es como he oído, no hay nada que sea imposible de conseguir en las doce horas. Encontrar la fuente de mis percepciones, a mi derecha y a mi izquierda, de acuerdo con el tiempo y las circunstancias, ¿cómo iba a descuidar mis obligaciones? Con esta práctica como compañera, sólo tengo que seguir con mi vida diaria. Si me despierto practicando y me voy a la cama practicando, ¿qué obstáculos puede haber?” Dicho esto, se marchó con alegría .

La monja gritó su nombre mientras se alejaba. Chiyono respondió y dio la vuelta. La monja dijo: “Tu aspiración a la práctica es claramente muy profunda e inmutable”.

Chiyono respondió: “En tocante a la práctica, nunca he estado preocupada por la destrucción de mi cuerpo o de perder la vida. Nunca me lo he cuestionado. Si es como dices, no me alejo de la práctica de la totalidad de la enseñanza budista ni por un segundo. Todas las acciones son una forma de práctica. ¿Por qué ser negligentes?”.

La monja dijo: “Hace un momento, cuando llamé Chiyono, ¿por qué te apegaste al sonido de mi voz? Deberías haberlo escuchado y volver directamente a la fuente de la percepción. Nunca olvides: Nacimiento y muerte son el gran asunto. Todas las cosas pasan velozmente. No esperes; con cada inhalación y cada exhalación, confía en tu práctica en todo momento. Cuando algo esté en tu camino, no debes afligirte o detenerte en ello, aunque puedas tener remordimientos después. Mantén esto firmemente”.

Después de recibir esta lección, Chiyono suspiró y guardó silencio. No había ido muy lejos antes de que la monja volviera a gritar su nombre. Chiyono volvió un poco la cabeza, pero no permitió que sus oídos se apegaran a la voz de la monja, volviendo directamente a la fuente de su percepción. De esta manera, continuó su práctica, día tras día, mes tras mes. Algunos días volvía a casa y se olvidaba de comer. A veces iba a buscar agua y se olvidaba de echarla al cubo. A veces iba a recoger leña y se olvidaba de que estaba en un valle escarpado. A veces iba todo el día sin comer o hablar, o pasaba toda la noche sin acostarse. A pesar de tener ojos, no veía; a pesar de tener oídos, no oía. Sus movimientos eran como de una persona de madera. El conjunto de las monjas en el templo comenzó a hablar de ella, diciendo que la realización estaba cerca.

La monja anciana escuchó la conversación y en secreto se fue y se quedó fuera del dormitorio de Chiyono. Detrás de una pantalla de bambú, con su pelo recogido en lo alto de la cabeza, Chiyono se sentaba frente a la pared. Parecía acostumbrada a sentarse, como un practicante maduro. Se sentaba habiendo llamado al mundo de la gran verdad en el que todas las ilusiones se han abandonado. Dando vuelta a su conciencia y mirando hacia sí, practicaba la cosa más importante de acuerdo a las condiciones del momento, cuidando su práctica sin cesar. Su cuerpo era el de una mujer que realmente mostraba la determinación de un adepto. Incluso en la antigüedad era raro una persona así. Los que carecen de tal urgencia de propósito son una vergüenza.

La monja entonces le preguntó: “¿Qué lugar es el que tú encaras?” Chiyono la miró y luego se dio la vuelta y se sentó frente a la pared como un árbol. La monja entonces le volvió a preguntar , “¡Qué? ¡Qué?” Esta vez no volvió la cabeza. Así, se abandonaba a sí misma en zazen.

En el octavo mes lunar del año siguiente, en la tarde del décimoquinto día, la luna llena brillaba. Aprovechando el cielo despejado, se fue a sacar agua del pozo. Mientras lo hacía, la parte inferior de su cubo de repente cedió y el reflejo de la luna desapareció con el agua. Al ver esto, inmediatamente alcanzó la gran perfección. Recogió el cubo y regresó al templo.

Tiempo atrás, Chiyono había llamado a la monja anciana que había sido su guía y le había dicho: “Mi enfermedad es incurable y voy a morir durante la noche. Quiero afeitarme la cabeza y morir así, ¿me concederá esto?” La monja le afeitó la cabeza. Además, la monja anciana había oído Wu-hsueh decir: “Chiyono puede ser de humilde condición, pero su carácter no es el de una mujer común. Su aspiración es profunda, supera con creces la de los demás”. Decididamente Wu-hsueh tenía razón.

Chiyono fue a buscar a la monja, hizo gassho y dijo: “Tú me has enseñado con gran amabilidad y compasión. Como resultado, durante la tercera vigilia de la noche, la luna del yo ha iluminado las mil puertas del dharma”. Cuando terminó de hablar, hizo tres postraciones ante su maestra y permaneció acorde a su condición.

La monja dijo: “Has alcanzado la gran muerte, la que, de hecho, nos da la vida. A partir de ahora vas a estudiar con Wu-hsueh. Debes ir a verlo”.

Después de esto Chiyono fue conocida como la abadesa Nyodai. Cuando la gente venía a ella con sus preguntas, ella contestaba invariablemente: “El Buda de rostro de luna”. Se reunió con Wu-hsueh y recibió su transmisión, llegando a ser su sucesor en el dharma. Su nombre en el dharma era Mujaku Nyodai. Fue fundadora del templo Rokuon-ji , en el distrito Kitayama de Kyoto en la provincia de Yamashiro, ahora llamada Kinkakujoi .

Su poema de iluminación fue:

Me las ingenié con esto y aquello
Y entonces se desprendió el fondo del cubo.
Donde el agua no se acumula,
La luna no se detiene.

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  1. matilde
    25 noviembre 2013 en 12:14

    Hola everybody,
    Teneis pensado ir a la Rohatsu de Sevilla?
    pregunto con un poco de antelación para hacerme cuentas..
    Un abrazo,
    matilde

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