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Coser un kesa

costura“A cada puntada acabas con un demonio interno”. Así me decía Luisette en 1.981 al coser mi primer rakusu en el Templo Zen de la Gendronniere (Blois, Francia). Luissette dirigía el trabajo de costura para principiantes y veteranos en el templo. Era monja Zen. Delgada, paciente, con cabello oscuro miraba nuestro trabajo y no perdonaba ningún error. Si tu manera de coser no era lo suficientemente buena,  simplemente deshacía tu trabajo y te decía: “Il faut recommencer” (debes comenzar de nuevo).

Cada puntada es como un aguijón que penetra la tela. ¿Qué pasa cuando pinchamos la tela? ¿Será que me pincho a mí mismo? ¿Pincho mis errores? ¿Pincho mi condición humana para desinflarme y hacerme más liviano (como un globo agujereado)? ¿Pincho mi orgullo con la aguja? ¿Mi estupidez? ¿Mi boca habladora? ¿Pincho mi ruido interno? ¿Pincho mi Karma pasado?  Todo esto y más. Coser un kesa es volver a coserse uno mismo. La atención y observación necesarias hacen de tu trabajo un renacimiento. Solo un verdadero budista puede entender esto. Vuelves a coser tu mente. Pones todo en orden dentro de ella.

Cuando se cose un kesa, se cose a toda la comunidad budista en una sola pieza. Ya no hay individuos, solo existe la comunidad representada por los cuadros de tela que se cosen, se unen. Se cose la enseñanza del Buda. El kesa representa la transmission de esa enseñanza, del Dharma.

Los demonios del perfeccionismo, falta de paciencia, miedo a hacer mal las cosas y un orgullo excesivo surgen durante el proceso de coser un kesa. Estos demonios siempre te habían acompañado en tu vida y, al coser el  kesa, puedes ver el daño que te has hecho a ti mismo a través de ellos. La costura te lleva desde estados de depresión a estados de liberación mientras se realiza. La costura crea un caos interno, se va desde el infierno hasta el paraíso muchas veces. No es fácil ni difícil. Es solo una experiencia. No es necesario juzgarla.

El kesa no es solamente para monjes. Dogen acostumbraba a decirle a los laicos que meditaban en Koshoji y Eiheiji (templos Zen) que usaran un kesa. El kesa es la indumentaria del que se sienta en zazen, no es una cuestión de clérigo. Es la vestimenta de “lo-nada-especial”.  Claro está que el Budismo japones usa el kesa hoy en día como un método para indicar jerarquía: negro para monjes, marrón para maestros y multicolor para un abad de alto rango. Esto no tiene nada que ver con la tradición original del kesa hecho de harapos. En la Escuela Soto, las personas que se sientan (en zazen) son Budas. El Buda usa un kesa. Eso es así de simple.

Hay una especie de vértigo (que si lo haré bien, que si lo haré mal, que si la puntada será suficientemente pequeña o excesivamente grande, que si la siguiente estará muy separada o demasiado junta…). De cualquier forma, entro desde arriba que es el plano en el que tengo la idea de las cosas y cómo quiero hacerlas y, penetrando en el tejido, intento darle forma, la materializo. Bajo, entro en la tela (que equivale a bajar a la “arena del circo”, hacer realidad lo que digo ser) y ya está conformada la puntada.

“Coser el kesa a partir de una sencilla tela
y construir, puntada a puntada,
la línea de una vida eterna”
 

El kesa no es una mera pieza de tela o un objeto de vestimenta al uso, sino que simboliza la transmisión misma de la enseñanza del Buda, cada kesa es el kesa original del Buda. Cuando lo vestimos estamos vestidos por el orden cósmico, es el orden cósmico que hace zazen, somos el orden cósmico cuando hacemos zazen.

Cuando practicamos zazen nuestros pensamientos aparecen, a veces no son tan buenos, tenemos celos, cólera, envidia, todo un cortejo de emociones que se manifiesta y que poco a poco dejamos pasar, finalmente sólo queda la forma original del espíritu, se le llama Buda, pero no se puede expresar con palabras. Eso es lo que representa el kesa.

Tenemos sensaciones, emociones y apego al kesa; es natural pues lo protegemos y lo cuidamos. Pero no debemos estancarnos en estos apegos. Es en ese entonces cuando el kesa nos educa. Recibimos una cachetada cuando no le prestamos la atención necesaria, pero de igual manera recibimos una cachetada cuando nos apegamos mucho a él.

“Ocho yardas de tela, cortadas en 49 piezas. Cosidas todas juntas en un patrón especifico a mano. En total se hacen unas 14.000 puntadas. […] La respiración se hace lenta, la mente abandona las ideas y  se relaja con el instante que se vive, con lo que es”.

Paul Quintero, monje Zen
discípulo de Yves Carouget
y Taisen Deshimaru Roshi

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