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Dos lunas

Gasan abandonó su hogar y asumió el sacerdocio en el Monte Hiei a la edad de dieciséis años. Durante ocho años estudió Budismo, en especial la doctrina de la secta Tendai, la cual llegó a dominar muy bien. Sin embargo se dió cuenta de que la verdadera paz espiritual de la mente no puede alcanzarse a través del Budismo académico, así que bajó del Monte Hiei para convertirse en discípulo de Keizan Zenji y dedicarse a practicar Zen. Gasan era entusiasta, sensible y físicamente robusto por naturaleza. Parecía ser de confianza, y Keizan Zenji estaba feliz de haber sido bendecido con tan buen sucesor. Sin embargo, Gasan presumía mucho de su inteligencia y Keizan Zenji decidió en secreto hacer algo cuando se presentase la oportunidad para corregir esa actitud tan arrogante con la cual parecía estar “soportando” a la gente.

Una noche de invierno la luna estaba en su cénit e iluminaba con luz pura montañas, ríos, campos y aldeas, en una escena de belleza indescriptible; era como si la luz brillase incluso a través de los cuerpos y las almas de los seres humanos. Kezan Zenji dijo, como si se le hubiese acabado de ocurrir: “Gasan, ¿sabías que existen dos lunas?”.

“No, no lo sabía” dijo Gasan, completamente desconcertado. Mirando a Gasan, que a pesar de intentarlo no podía encontrar una respuesta, Keizan Zenji dijo en voz baja y solemne: “Si no sabes que existen dos lunas no puedo permitir que te conviertas en la más alta autoridad encargada de difundir las enseñanzas Zen de la escuela Soto”. Gasan nunca había escuchado palabras tan severas de boca de Kezan Zenji, y estaba estupefacto.

En ese momento pasó por la mente de Gasan la siguiente historia, ocurrida durante la dinastía Tang de China entre el destacado sacerdote Kyogen y su maestro, el maestro Zen Isan Reiyu.

Isan dijo a Kyogen: “Eres erudito en todos los aspectos, no hay nada que no sepas; sin embargo, los conocimientos que has adquirido a través de libros no me sirven de nada. Quiero que me hables con tus propias palabras de tu vida antes de abandonar el vientre de tu madre, cuando todavía no sabías nada”.

Kyogen respondió, pero el Maestro Isan rechazó su respuesta cada vez, diciendo: “Eso lo viste con tus ojos”, o “eso lo escuchaste con tus oídos”, o “eso estaba escrito en un libro”.

Atribulado, Kyogen pidió a su maestro: “Por favor, explícame”.

El Maestro Isan respondió: “Si te lo explico serán mis palabras, y no tendrá ninguna relevancia para tí”.

Rechazado, Kyogen sacó las notas y libros que había estudiado hasta el momento, pero no pudo encontrar nada. Anonadado pensó: “No puedo satisfacer mi hambre mirando pinturas de pasteles de arroz”, y quemó todas sus notas y libros. “Dejaré de estudiar las enseñanzas budistas. En lo adelante, viviré la vida de un monje común y no someteré mi mente a una formación severa.”

Kyogen se separó del Maestro Isan con lágrimas en los ojos y fue al Monte Buto en busca de las ruinas del Nanyo Echu (~775 AD), lugar donde su maestro había tenido una ermita y en el cual construyó un retiro para sí mismo. Plantó árboles de bambú y se dedicó al zazen, haciendo de los árboles sus amigos. Un día, mientras limpiaba un camino, golpeó con su escoba un pedazo de teja que salió disparado y chocó contra un árbol de bambú, tintineando. Con el tintineo Kyogen recibió la iluminación. De inmediato se limpió y purificó, y luego quemó incienso al tiempo que rendía homenaje al gran Isan, que estaba en un lugar muy lejano. “Gran Maestro Isan, si me hubieses dado una explicación en aquel momento no estaría disfrutando del gran gozo que siento hoy. Maestro, tu bondad supera la de mis padres”.

Al igual que en esta historia, en años más recientes el Maestro Tettsu Gikai no pudo recibir la transmisión Dharma del Maestro Dogen a causa de su habilidad e inteligencia.

Desde ese momento la actitud de Gasan cambió completamente. Se hizo humilde, se dedicó a la disciplina con diligencia junto a los demás monjes, y practicó de forma estricta el zazen. Su actitud engreída desapareció por completo. Sin embargo, aún después de un año, la nube de duda sobre las “dos lunas” estaba sin resolver.

Pasaron tres años y la noche del 23 de diciembre de 1301 brilló la luna, fría y amenazadora. El Maestro Keizan vió la figura de Gasan en un zazen profundo a través de la luz de la luna y leyó su mente. Acercó su mano al oído de Gasan y chasqueó sus dedos. Aunque el sonido pudo apenas oírse, para Gasan fue como un gran estallido que borró todas las dudas que había tenido durante tres años.

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  1. Ángel Rodríguez
    10 julio 2016 en 11:55

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