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¿Quién ha hecho esto?

[Teisho de Raphaël Doko Triet, verano 2015]

En la sesión de verano de Quebec planteé esta pregunta : «¿Es esta la razón por la que un lejano día nos dirigimos hacia la Vía, por la que un día la reconocimos, en un primer momento, en la postura de zazen?»

Algo fundamental, nunca imaginado hasta entonces y que revolucionó nuestras vidas. Digo «en un primer momento» pues, a fin de cuentas, esta postura habrá sido para muchos el acceso, la puerta de entrada a un nuevo mundo. Después, incluso si zazen sigue siendo el pilar central, su ámbito poco a poco se extiende a toda nuestra vida, en lo que tiene de más íntimo.

Esta pregunta que vuelve con la regularidad de un metrónomo en las diferentes etapas de nuestra vida, nos alcanza a veces como el sonido de un kyosaku, a veces como un inquisitivo espejo; a veces, años más tarde, con cada cambio, cada vez que se toma una nueva dirección, la pregunta vuelve con fuerza y seriedad. «¿Lo he hecho por esto? ¿He hecho todo esto por esto?»

Aquí, algunos practican desde hace mucho tiempo, treinta, cuarenta años; otros, desde hace pocos años. ¡A veces el viento borra las huellas de los primeros días! ¿Qué queda de nuestros sueños? A lo largo de esta primavera en varias ocasiones he retomado un mondo que me es particularmente grato. Este mondo tuvo lugar entre el primer discípulo de Niwa Zenji, de nombre Otsuka, y Étienne, a quien dedicamos esta sesshin en el aniversario de los veinticinco años de su muerte. En aquella época yo era aún joven y recuerdo que quedé considerablemente impresionado por Otsuka Roshi, por la manera de comportarse con su maestro. Inmediatamente se convirtió, a mis ojos, en el ideal del discípulo. La forma en que estaba junto a él, ni demasiado cerca ni demasiado lejos y la delicadeza que ponía al calzarle los bessu antes de la ceremonia. Era la primera vez que veía ese comportamiento, esa atención.

Está claro que nosotros teníamos un inmenso respeto hacia Sensei, le prodigábamos grandes atenciones pero la relación maestro-discípulo era nueva en Europa. Confieso que en nuestro entusiasmo, con nuestra sinceridad, a menudo estábamos exactamente o demasiado lejos o demasiado cerca.

Volviendo a Étienne, un día, durante una sesshin por él dirigida, comentó el capítulo «Sandaba» del Shôbôgenzô. Sandaba es una palabra que, al pronunciarla el maestro, el discípulo sabe inmediatamente lo que necesita el maestro: té, agua para lavarse, su kesa… La historia del zen es rica en anécdotas que relatan esa maravillosa relación. Étienne que fue uno de los discípulos más íntimos de Sensei, dijo así: «Al comentar este capítulo del maestro Dôgen, hoy me doy cuenta de que cada vez que Sensei me pedía té, yo le llevaba un caballo.»

A propósito de este mondo, la escena tiene lugar en Japón, en el templo de Niwa Zenji. (Étienne fue allá, si mi memoria no me falla, en 1983, para hacer la ceremonia de shusso, hossenshiki, como la que tendrá lugar en este templo a principios de septiembre con Alfonso). Otsuka Roshi se ocupó de enseñarle y de ensayar con él la ceremonia. La víspera por la tarde va a verle, le ofrece una copa para que se relaje. Luego hablan cada uno de su maestro. Étienne de Deshimaru y Otsuka de Niwa Zenji. Étienne le hacía preguntas y Otsuka le dijo: «Hace quince años que practico con Niwa Zenji, que le sirvo día y noche. Durante todos estos años jamás me ha enseñado y por ello le estoy infinitamente agradecido.»

Étienne quedó muy impresionado por estas palabras. Cuando, a su vuelta, contó esta historia, para ser absolutamente sincero, no comprendí del todo el sentido. Pero hoy, estas palabras me parecen escritas con tinta de oro sobre jade. Lo que yo aprendí de mi maestro, de Sensei, permanece escondido en los pliegues de mi juventud. Además de las palabras que pudo pronunciar, en mí se grabó profundamente otra cosa.

Cuando la monja Teishin habla de Ryokan, ¿qué dice?:

«Si no lo hubiera encontrado,
Incluso contando diez veces diez,
Quizá no podría comprender cien.»

¿No es una maravilla esta reflexión, este poema? Si cuando hablamos del Dharma, bastara con saber contar diez veces diez para comprender cien, entonces el mundo entero estaría transformado por su suave perfume.

Hace algún tiempo oí a alguien decir que para comprender el zen había que hablar japonés. ¡Qué estupidez!; si así fuera, todos los japoneses serían virtuosos practicantes de la Vía, todos los que estudian sánscrito se dirigirían hacia el Buda. Mil millones de chinos estarían reunidos en la gruta de Bodhidharma en Shaolin.

Las palabras nunca han sido suficientes. Por ejemplo, en cuanto a dirigir un dojo. Muchos se sienten irresistiblemente atraídos por esta función, por pronunciar un kusen, por hablar en el dojo; como si ello fuera la prolongación evidente de la práctica. Es absurdo totalmente. A menudo oigo: «Es importante hablar en el dojo, la gente lo espera, si no se marcharán, se aburrirán en zazen.» Si así fuera, que se vayan. Lo primero cuando se dirige es no seguir lo que dicen las modas, ni las expectativas de la gente; al contrario, seguir el silencio. Ese silencio que surgió como un trueno, hace muchísimo tiempo, en un país lejano, al término de una noche lejana, cuando el joven Shakyamuni levantó los ojos hacia la Estrella de la mañana. Solo ese instante fundador debe ser nuestra luz.

Hablar en un dojo viene de otra dimensión. Se ha de poder oír la melodía de una flauta sin agujeros o de una guitarra sin cuerdas, la música que cantan los mudos. Esa melodía, ese silencio original, cuando se manifiesta, debería impedir que pronunciáramos el menor sonido, incluso la simple idea de decir una palabra sería ya demasiado ruidosa.

Algunos días, en algunos momentos, hay silencios evidentes que uno ha de saber oír y que no se han de quebrar. Esa delicada sordera no se aprende en ningún sitio. Por eso nunca hemos de olvidar que el zazen del que hablamos no tiene nada que ver con la meditación y que su más bello ropaje es el silencio. Ese silencio que se inició aquella noche lejana.

Algunos de vosotros quizá conocéis lo que le ocurrió al famoso monje Ryokan: Un miembro de su familia, primo o tío, no recuerdo, tenía un hijo que iba por mal camino y se relacionaba con los granujas del pueblo en el que vivía. Su padre, inquieto, pensó en pedir ayuda a Ryokan, diciéndose que, con su gran sabiduría, encontraría las palabras justas para llevarle por buen camino. Fue a visitar a Ryokan y le propuso pasar una semana en su casa, con la disculpa de descansar. Por supuesto al monje se le alojaría y alimentaría gratis. Ryokan aceptó con gusto y días más tarde fue a la casa donde se le recibió con gran respeto. Pasó una semana, dos, Ryokan no decía nada; al final, al cabo de veinte días, el dueño de la casa empezó a impacientarse, considerando que Ryokan abusaba de la situación, ya que estaba bien alojado y alimentado, y no hacía nada. Decidió pedirle que volviera a su casa. Ryokan aceptó con el mismo entusiasmo que le había llevado a aceptar la invitación de pasar unos días allá. Empezó a preparar sus cosas y se dispuso a marcharse. Dio las gracias al anfitrión y, volviéndose hacia el joven, le pidió que, dada su avanzada edad, le ayudara a atarse las sandalias. El granuja aceptó protestando. Cuando estaba atando la segunda sandalia del monje, vio caer sobre su mano una gota de agua, sorprendido, levantó los ojos y se encontró con la mirada de Ryokan, le observaba, con los ojos llenos de lágrimas. El joven quedó sobrecogido y a partir de ese instante el curso de su vida se transformó. Si Ryokan hubiera pretendido educar al joven, sin ninguna duda se habría rebelado y, sin duda, habría fracasado. El padre no lo entendía. Ryokan, al final, caminó por donde nadie se lo esperaba. Tomó otro sendero. No dijo nada. A través de esa no-intención Ryokan llega al corazón de los seres humanos, les abre los ojos a ellos mismos.

Muy a menudo queremos cambiar el curso de las cosas, hacer que los otros cambien. Pero qué intención nos mueve a ello, ese es el punto importante.

El maestro Deshimaru, cualquiera que fuera el proyecto que le presentábamos, aunque fuera muy interesante, ante todo se preocupaba por descubrir qué intención había detrás. A fin de cuentas, ¿hay alguien a quien educar? ¿Hay alguien al que salvar? Incluso la verdad más elevada queda mancillada en el instante mismo en el que se le imprime una marca. No existe por un lado el ser humano educado y, por otro, el ser humano por educar; el ser humano salvado y el ser humano por salvar. Pensar así es en sí crear una comparación y eso es absurdo.

Oigo a menudo, sobre todo a los discípulos jóvenes: hay que educarle, hay que enseñarle. Oírlo produce en mí cierta desconfianza. La sed de salvar o de educar me parece sospechosa. No hay nada ni nadie a quien compararse; cada uno tiene su propio valor.

Sentados en zazen, cualquiera que sea nuestra antigüedad, nuestra edad, nuestra postura, cada uno tiene su valor y ese valor es absoluto, y de ninguna manera es comparable a otro.

Retomo las palabras de Otsuka Roshi: «Hace quince años que practico con Niwa Zenji, que le sirvo día y noche. Durante todos estos años nunca me ha enseñado y por ello le estoy infinitamente agradecido.» ¿Qué significa enseñar? Bodhidharma permaneció durante nueve años en su gruta, sin ni siquiera pronunciar una palabra, sin embargo nadie ha pensado nunca que fuera mudo.

Para enseñar el Dharma ¿hemos de tener algo que decir? La boca llena de palabras del Dharma, ¿es suficiente para enseñar? Anteriormente ya he dicho lo que pensaba sobre hablar en el dojo; mi tendencia sería a creer que precisamente cuando no tenemos nada que decir, quizás podemos abrir la boca. Mientras tengamos algo que decir, lo que se manifiesta por nuestra boca es solo un mundo horrorosamente ruidoso.

Ese mundo no ayudará, salvará a nadie. Lo mismo ocurre con enseñar el Dharma. Mientras estemos apegados a lo que queremos decir, estamos enganchados a una traba, a un obstáculo y el vuelo del espíritu libre está aquejado de parálisis. La palabra puede ser tanto profanación como liberación. Así que hemos de estar atentos y considerar que ninguna palabra es anodina, y que hacer uso de ellas es una pesada responsabilidad. La expresión que se enseña a los niños, «Cuenta hasta diez antes de hablar», es también muy valiosa para los adultos y mucho más para los que practican la Vía.

«Nuestro espíritu se ha acostumbrado a pretender fijar lo evanescente en cualquier ocasión y a buscar una razón duradera. No hay nada detrás de nada. Pero puede haber algo en nosotros. A eso es importante agarrarse.»

Mantengámonos atentos.

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